viernes, 14 de agosto de 2026

QUERIDO AMIGO JUAN



Ayer, tu hijo Juan José –de quien tan orgulloso te puedes sentir por el pedazo de hombre que es– me informó de que nos habías dejado. Mi primer reflejo fue dirigirme a Nuestro Padre Jesús Cautivo y pedirle que te acompañara y te recibiera como el buen hombre que siempre fuiste. Y entonces llegaron las lágrimas… A pesar  que desde hace unos días sabíamos que este desenlace se podía producir en cualquier momento, te aseguro que fue como un latigazo en el alma saber que estas navidades o en mi santo ya no me llamarías para felicitarme.

Te conocí cuando yo tenía trece años y andaba por la vida despistado y acomplejado. Tú por entonces ya eras un tío seguro y maduro que lo mismo embelesabas a las chicas con tus chistes y piropos, que les ganabas jugando al dominó a todos los abuelos de la cafetería Casablanca. Junto con otros dos amigos vecinos tuyos, pasé un verano que me enriqueció como persona en aquel difícil trance de la adolescencia.

Luego, ya como amigos inseparables, coincidimos en nuestro querido Instituto, donde tú destacabas en todos los deportes: eras un futbolista habilidoso, saltabas los aparatos como un campeón e incluso, a pesar de tu estatura, jugabas al baloncesto con una fuerza y energía capaz de poner tapones a compañeros que te sacaban dos cabezas. Muchos años después, siempre recordábamos aquel “histórico” tapón que le pusiste a Sorroche –de 1,90 m de estatura–, quien nunca supo por dónde le vino.

Un día, no recuerdo bien por qué, apareció por tu casa una guitarra y “te enamoraste de ella”. No sé a cuántas clases con el maestro Castillo te acompañé y disfruté de aquellos toques y aquel arte… porque lo tuyo con la guitarra siempre fue arte. A partir de entonces, todo nuestro ocio se llenó de canciones a las que ponías tu especial acompañamiento.

Llegados aquí, tu familia se convirtió en la mía y la mía en la tuya, y así pasamos unos años muy bonitos en nuestra vida. Años en los que la amistad se fue forjando entre nosotros como algo que sería eterno.

Con el 5º de bachiller aprobado gracias a la ayuda de nuestro querido Don José de la Academia Cervantes-San Juan Bosco –te acordarás de lo que me costó convencerte para que dedicaras el tiempo suficiente al estudio, porque capacidad tenías de sobra–, nos quedaba un verano por delante que decidimos pasar “a lo grande”. Decir “a lo grande” hoy, siendo como éramos de familias modestas, puede parecer engañoso; pero para nosotros, con nuestras bromas, nuestras canciones, tu guitarra… y un grupo de chicas que conocimos del barrio, fue algo maravilloso. Toda mi vida he recordado aquellas noches de verano, con un porrón de vino fresco en la puerta de mi casa o sentados en la muralla del barrio, hablando de nuestros proyectos, esperanzas, ilusiones… y de nuestros amores por alguna de aquellas chicas.

Un día, tus padres, mis queridos Ana y Juan, decidieron dar un cambio a sus vidas y se fueron a vivir a Málaga. Tú, por razones de estudio, te quedaste a terminar el bachiller en casa de tu hermana… y en la mía. Fue un año sensacional donde nos hicimos hombres y aprendimos el valor de la verdadera amistad. ¡Cuántos buenos ratos de charla, de chistes, de bromas… pasamos en mi casa con mis padres! Ellos siempre te consideraron uno más de la familia, y el día que no venías por algo, ya estaban preocupados por si estabas enfermo. Y es que, querido amigo Juan, siempre supiste ganarte con tu forma de ser el cariño y el aprecio de cuantos te rodeábamos.

Las Navidades de aquel año fueron inolvidables. Las pasaste con toda mi familia y tu guitarra nos llenó de alegría hasta el amanecer. Mis padres siempre recordarían aquellas Navidades como unas de las mejores de su vida y siempre te lo agradecieron. Hasta mi abuelo, un hombre severo y de pocas palabras, malagueño como tú, se animó a cantar por malagueñas. ¡Qué recuerdos me dejas, amigo!

Luego, justo cuando Los Amigos de Ginés sacaron aquellas Sevillanas del adiós, tus padres te reclamaron –habías terminado el bachiller– pues te habían conseguido un puesto de trabajo en Málaga. Yo sentí, de veras que lo sentí, aquella estrofa que decía:
“…cuando un amigo se va
algo se muere en el alma…”

Te fuiste a un buen empleo, pero muy sacrificado, en la capital de la Costa del Sol. Años después, sentados en una cafetería bajo tu casa en el Camino de San Rafael, me dijiste: “…lo que en principio era muy bueno, el verte tan joven cobrando un sueldo interesante, en realidad fue un grave inconveniente, pues me hizo acomodarme y abandonar los estudios dejándome sin una carrera universitaria…”. Carrera que, sin la menor duda, hubieras sacado, pues a listo pocos te ganaban. Pero el hombre propone y Dios dispone.

A partir de ahí, yo siempre tuve casa en Málaga y, en mis viajes a la Universidad o por otras cuestiones, siempre fui recibido en tu casa por ti y por tus padres como si fuera un hijo. Toda mi vida les estaré agradecido por ello; no pudieron ser mejores personas conmigo.

Un feliz día te casaste con Pepi, y vi lo que era el amor en dos personas que estaba seguro de que se iban a querer por siempre y para siempre. Aquel viaje a tu boda fue muy especial para mí, pues por primera vez me acompañó mi novia, la que pronto sería mi mujer.

A partir de entonces vinieron los hijos, los trabajos agotadores, las preocupaciones… pero también los éxitos y las alegrías, sin olvidarnos de las penas que procuramos siempre compartir, aunque fuera en los viajes en los que podíamos coincidir o por teléfono.

Siempre te tuve presente, amigo, y aunque con los años fuéramos alargando más las llamadas y apenas nos volviéramos a encontrar, yo sabía que Juan Antonio Pueblas Miranda era mi amigo, y creo que tú sentías lo mismo.

Este año te llamé por tu santo y me hablaste de los dolores que tenías. Sinceramente, cuando colgué el teléfono, un escalofrío me recorrió el cuerpo y le comenté a mi mujer que te había notado mal… Era la primera vez en tu vida que no me gastabas una broma o me contabas un chiste, pero no me podía imaginar que era la última vez que hablaba contigo.

Cuando un mes más tarde no me llamaste para mi santo y no me cogías las llamadas, supe que algo pasaba, como desgraciadamente me corroboró tu hijo Juanjo. Y ayer, día 13 –otra vez se cruza el 13 en mi vida–, me dijo que habías dejado de sufrir esa maldita enfermedad y que te habías ido…

Al principio sentí que contigo se iba una buena parte de mi vida y no fui capaz de hablar con tu hijo sin echarme a llorar. Sentí que se rompía algo en mi interior y busqué el poco consuelo que se puede encontrar en estos casos.

Y luego llegó la noche… Dormí poco o nada porque durante horas estuve recordando todos los buenos momentos que vivimos: aquellos partidos en la calle, aquellos paseos por el Parque Hernández o por la Avenida charlando con las chicas, aquellas cervezas en El Caracol, los ratos en mi casa hablando de lo que queríamos hacer con nuestras vidas, tus bromas con mi madre cuando te ponía carne mechada (¡cómo se te ocurrió decirle que te gustaba mucho!), aquel día que adivinaste en mi mirada que me había enamorado de Teresa y me dijiste que no dejara que se me escapara… ¡Cuántas y cuántas cosas compartidas se me quedan en el alma!

Ahora solo deseo que sigas por ahí arriba tocando tu guitarra y contándole chistes a los ángeles, que seguro no pararán de reír contigo… Ah, y ¡qué buena vista te habrás buscado para volver a ver a tu Málaga en Primera División!

Gracias, amigo, gracias de todo corazón. Para mí fue un privilegio haberte conocido y compartir contigo tantas cosas. Siempre te tendré en mis oraciones y en mis mejores recuerdos.