jueves, 5 de febrero de 2026

TECNOLOGÍA EN LAS AULAS: USAR PARA EDUCAR, EDUCAR PARA USAR

Vivimos tiempos cuanto menos complejos y extraños. Y la Educación, servicio esencial, no iba a ser menos. Son tiempos de bandazos sin un propósito definido, tiempos de contradicciones, de no saber bien qué se quiere y en los que gente metida a “políticos expertos”, sin oficio pero con mucho beneficio, nos “venden motos averiadas” más que otra cosa. Y lo que es mucho peor: tiempos en los que no se duda en usar la Educación como un instrumento más de enfrentamiento y manipulación política.

Reflexionando

Tengo 69 años de los que he pasado casi 42 de ellos entregado a la docencia, ejerciéndola casi siempre con los chicos más difíciles y con más necesidades especiales, aunque también trabajé no pocas veces, y a la vez, con chicos de un alto nivel educativo.

El haber sufrido no sé bien cuantas Leyes Educativas sin que ninguna de ellas tuviese la proyección y eficacia que tuvo aquella LGE de 1971. El haber soportado que tanto incompetente paniaguado nos “vendiese” que éste u otro modelo o recurso educativo eran la panacea para resolver los problemas educativos , … y tantas otras cosas como para formar un circo, creo me dan un cierto criterio, junto a la serenidad que la jubilación me proporciona, para mostrar públicamente mi modesta opinión particular, sin ningún otro propósito. Una opinión más, sin el menor interés en polémica alguna.

Pero antes de continuar, déjenme que les deje algunas reflexiones que podríamos considerar históricas de referencia:

Sócrates consideraba que la palabra escrita atrofiaba el pensamiento…

“Contagio de podredumbre cerebral”, advertía un titular de prensa. “Millones de niños y niñas” serán “incapaces de aprender nada, de saber nada bien y de concentrar su mente en nada”. El motivo tras esta alerta era el consumo poco saludable de un nuevo medio a lo largo de Estados Unidos. El año de publicación de esta noticia: 1899. El nuevo medio: las revistas.

La imprenta tampoco escapó a los recelos: en el siglo XVI Conrad Gessner temió que la popularización del libro trajera una sobrecarga de información que fuera dañina para la mente del pueblo. Según reputados autores: “ ...El invento de Gutenberg no incapacitó nuestros cerebros para recordar ingentes cantidades de datos ni nos volvió más tontos: simplemente ya no necesitábamos hacerlo…”. Adaptación le llamo yo.

Una herramienta que transforma la educación

En los últimos años, las nuevas tecnologías entraron en las aulas con una fuerza imprudente. Tabletas, ordenadores, pizarras digitales e incluso inteligencia artificial últimamente, forman parte del día a día de muchos centros educativos. Pero, desde más allá del entusiasmo por la innovación, hay una cuestión de fondo que algunos ya hicimos constar en su momento y que no podemos ni debemos ignorar: ¿estamos enseñando a nuestros jóvenes a usar la tecnología de forma responsable?

Las nuevas tecnologías bien utilizadas pueden ser una aliada poderosa en el aprendizaje. Permite acceder a información actualizada, personalizar el ritmo de estudio, fomentar la creatividad, facilitar el trabajo en equipo y una evaluación rigurosa de los aprendizajes. Además, ofrece recursos muy importantes - ahora lo llamarían “inclusivos”- para estudiantes con necesidades especiales, rompiendo barreras que antes parecían insalvables. Sin la menor duda, las nuevas tecnologías representan, entre otras cosas, uno de los instrumentos educativos más poderosos que ha conocido la historia de la Humanidad.

Pero, siempre hay un pero, -y pobres seremos cuando no los haya- no basta con tener dispositivos diigitales en el aula o en casa. Lo verdaderamente importante es cómo se usan, para qué se usan y qué valores se transmiten a través de ellos.

Educar en el uso responsable

La alfabetización digital no consiste solo en saber manejar una aplicación o navegar por Internet. Implica formar ciudadanos críticos, éticos y conscientes de su entorno digital. En un mundo saturado de información, es vital enseñar a distinguir lo verdadero de lo falso, lo útil de lo inútil, lo honesto de lo perverso, a proteger la privacidad, a comunicarse con respeto y a gestionar el tiempo frente a las pantallas.

Como señala la Guía para un uso responsable de las tecnologías digitales publicada por la Junta de Castilla-La Mancha (2023), “la educación digital debe ir más allá de lo técnico y abordar también lo emocional, lo social y lo ético”.

El aula como espacio de reflexión

La escuela no solo debe enseñar a usar la tecnología, sino también a pensar sobre ella. ¿Qué impacto tiene en nuestras relaciones? ¿Cómo afecta a nuestra atención? ¿Qué huella dejamos en Internet? Estas preguntas deben formar parte del debate educativo, porque la tecnología no es neutra: refleja y amplifica nuestras decisiones.

Como afirma la investigadora María de Jesús Tuza Torres (2024), “la tecnología educativa no solo transforma el cómo se aprende, sino también el qué y el para qué se aprende”.

Una experiencia de referencia

Durante varios cursos escolares, en el CEIP Anselmo Pardo de Melilla, desarrollamos con los alumnos de 5º y 6º de Primaria todo un proyecto de trabajo que además de incluir agrupamientos flexibles, educaba a los chicos en el uso correcto de estos nuevos instrumentos educativos. Recomendamos y enseñamos a usar los moviles, tabletas y ordenadores para encontrar información de los temas que ibamos a tratar en Sociales, Naturales, Lengua, Matemáticas, … Hicimos, gracias a estos recursos, trabajos transversales en los que se mezclaban Geografía con Matemáticas y Lengua, por ejemplo; hacíamos dictados con whatsapps y pobre del que tuviera una falta ortográfica que sus propios compañeros ya la ponían en evidencia. Nuestros blogs de aula superaron todas nuestras expectativas transformándose en un recurso extraordinario para que nuestros chavales viesen vídeos, películas, practicasen con juegos educativos siempre relacionados con los temarios de clase o que ayudaban en sus carencias educativas. Y que lo pudieran hacer, además, hablando con sus padres a los que desde el primer día pedimos y explicamos una colaboración “muy especial” que tenía más de calidad que de cantidad. Tengo que decir que fue toda una experiencia provechosa tanto para los maestros como para los alumnos, de las más bonitas que he vivido profesionalmente y he vivido unas cuantas.

Pero, fíjense en un detalle, al contrario que otros compañeros, nunca renunciamos a la pizarra de tiza que se situaba al lado de la digital y bien que siguió siendo útil. Tampoco renunciamos a los libros de texto, ni a los cuadernos personales, ni a nuestra biblioteca de aula, fue todo un descubrimiento compaginar recursos digitales con recursos tradicionales de una “… forma equilibrada…” como nos comentó un inspector educativo del Estado al ver como trabajábamos. Ni sobraban los móviles, ni faltaron los libros, los cuadernos, lápices o bolíografos, ni se olvidaba la caligrafía o la ortografia, … cada cosa en su momento y lugar en su justa medida.

Por otra parte, en nuestras clases, los alumnos hablaban, de hecho uno de nuestros principales objetivos era que aprendieran a hablar correctamente requisito que por propio sentido común entendíamos como imprescindible si queríamos que se expresarn correctamente también por escrito. Queríamos aulas vivas donde un alumno más aventajado o simplemente más rápido en sus quehaceres, también podía ayudar a otro -técnica de monitores – lo cual nos mostró que esos aprendizajes eran mucho más importantes y duraderos.

También las editoriales, pusieron su granito de arena y nos proporcionaron interesantísimos programas para trabajar, complementar pero, sobre todo para evaluar de una forma abierta y con criterios claros de referencia. Quiero hacer especial mención a los procesos de evaluación o, mejor dicho, de autoevaluación, que hacían los propios alumnos de forma autónona en los que se trabajaba tantas veces de forma transversal. Y quiero poner un ejemplo: uno de las propuestas evaluativas consistía en realizar un “viaje digital” por Andalucía – también los hubo por otras comunidades- en el que el alumno mediante programas interactivos debían programar los gastos, medir distancias, contar tiempos, citar los accidentes geográficos por los que pasaban o redactar sobre los monumentos que veían … y todo ello de forma interactiva. El acceso de los padres a la evaluación de cualquier aprendizaje podía ser tan inmediato como la del propio alumno. De hecho, lo que más nos complicaba la vida era poner una calificaciones numéricas a esas evaluaciones por aprendizajes ( hoy les llamarían competencias o rúbricas, a la vista del papanatismo que ha invadido la terminología escolar) … aunque para eso tomábamos como referencia ese instrumento tan poco riguroso, como así nos han demostrado y se puede demostrar en cualquier momento, que es el examen escrito, que también fuimos adaptando a los nuevos conocimientos que íbamos adquiriendo sobre los aprendizajes reales.

Todo aquello sólo pudo ser realidad dedicando muchas horas de trabajo docente, de investigación, de búsqueda de los mejores recursos digitales, de contrastar con lo que se hacía en otros centros, de aprender de las nuevas experiencias, de consultar y leer mucho y, sobre todo, de hablar y coordinarnos pues siempre fue un trabajo en equipo y ya saben lo difícil que es eso entre docentes, más que nada por aquello de que “...cada maestrillo tiene su librillo…”.

En definitiva, intentamos educar para el siglo XXI con recursos del siglo XXI. Y, afortunadamente, no estábamos solos ni mucho menos, muchos colegios de Andalucía, por tomar un referente, hacían experiencias parecidas o mucho mejores que las nuestras como las del Colegio San Walabonso de Niebla en Huelva cuyos trabajos nos fueron siempre un referente.

Hoy …

Como decía al principio, vivimos tiempos de grandes contradicciones y lo que a los políticos, en su banal ignorancia, les pareció jauja en su momento invirtiendo en ello cantidades ingentes de dinero muchas veces de forma irresponsable, hoy es poco menos que algo satánico para las aulas y hay que retirarlos como hicimos con aquel temporal de laicismo que sacudió a los colegios cuando quitamos crucifijos que “tanto molestaban, distraían a los alumnos e irritaban a los docentes” . Y todo ello, en aras de un progresismo que no conduce a ningún progreso visto lo visto. También se oyen, por estribor, no pocas voces para que se vuelva a lo más rancio de nuestras tradiciones escolares con aulas separadas por sexos y recursos metodológicos más propios del siglo XIX que del XXI.

Conclusión

Según Karen Mansfield, investigadora del Instituto de Internet de la Universidad de Oxford (Reino Unido), “...si pudiéramos reducir muchos de los determinantes sociales, ambientales y económicos del malestar, y disminuir las desigualdades, nos resultaría más fácil aprovechar los beneficios de las redes sociales y prevenir un uso problemático ...”, termina Mansfield. En caso contrario, corremos el riesgo de que la crisis de la concentración se convierta en una distracción.

La tecnología en el aula es una oportunidad, pero también una responsabilidad. No se trata de prohibir ni de idealizar, sino de educar. Porque formar en el uso responsable de las herramientas digitales es formar para la vida. Y en ese camino, la escuela tiene un papel insustituible. Y con la escuela, el docente bien formado y seleccionado, sin el que cualquier reforma, ley o recurso no tendrá éxito alguno.


No hay comentarios:

Publicar un comentario