sábado, 2 de agosto de 2025

CARTA ABIERTA A LOS QUE AÚN CREEN EN LA DEMOCRACIA.

LA DEMOCRACIA QUE CONQUISTAMOS: MEMORIA Y ADVERTENCIA. 

"...Además de facha, eres racista, xenófobo, machista y supremacista..."

Por Carmelo Fernández Millán, quien pretende ser un ciudadano libre. 

Han pasado décadas desde que, siendo joven, recorría los pasillos de la universidad con una convicción ardiente: que España, y con ella los españoles,  merecían ser libre. No libre en el sentido vacío de una palabra repetida, sino libre de verdad. Libre para pensar, para disentir, para convivir. Libre para construir una democracia que no fuera solo una forma de gobierno, sino una forma de vida.

En aquellos tiempos, la libertad era un susurro, apenas audible entre las paredes de una España que temía a sus propios hijos. En aquel tiempo, yo era joven. Estudiante. Soñador. Y como tantos otros, me rebelé contra el silencio impuesto, contra la obediencia sin alma, contra la sombra larga de un régimen que confundía orden con sumisión.

En aquellos años, bajo el peso del franquismo, la universidad era uno de los pocos espacios donde aún se podía soñar. Soñábamos con elecciones libres, con prensa sin censura, con partidos que no fueran clandestinos. Soñábamos con una patria que no tuviera miedo a sus propios ciudadanos. Y luchamos por ello. Con libros, con ideas, con coraje. Algunos con más riesgo que otros, pero todos con la misma esperanza. Luchamos, no con armas, sino con palabras; no con odio, sino con esperanza. Queríamos una España donde el respeto no fuera privilegio, sino norma. Donde la tolerancia no se mendigara, sino se practicara. Donde cada ciudadano pudiera alzar la voz sin temor a ser silenciado.

Aquella Universidad, era más que aulas y libros. Era refugio. Era trinchera de ideas. Era el lugar donde aprendimos que pensar por uno mismo era un acto de valentía. Que disentir era un derecho. Que la democracia no era una promesa lejana, sino una urgencia cotidiana.

Hoy, cuando veo cómo se banaliza el debate público, cómo se grita en lugar de razonar, cómo se pretende imponer una única visión del mundo desde trincheras ideológicas, siento la necesidad de recordar lo que costó llegar hasta aquí. La democracia no es ruido. No es insulto. No es dogma. La democracia es respeto. Es tolerancia. Es rigor. Es el arte de convivir con quien piensa distinto, sin que eso sea motivo de odio.

Después de tantos años, miro alrededor y me inquieta el ruido. El grito fácil. La descalificación como argumento. La nostalgia de ideologías que prometen igualdad a costa de la libertad. Y me pregunto: ¿hemos olvidado lo que costó conquistar la democracia? Porque democracia no es solo votar. Es convivir. Es escuchar. Es aceptar que el otro, por más distinto que sea, tiene el mismo derecho a existir, a opinar, a ser. Es el arte difícil de vivir juntos sin imponernos.

Por eso rechazo cualquier forma de totalitarismo, venga disfrazado de lo que venga. Venga envuelto en banderas rojas o negras, con discursos de salvación o de revancha. El comunismo, en todas sus variantes, ha demostrado ser enemigo de la pluralidad, del pensamiento libre, de la dignidad individual. No luchamos en los 70 para cambiar una dictadura por otra. Luchamos para que nadie volviera a decirnos cómo debíamos pensar, sentir o vivir. El comunismo, como el fascismo, niega al individuo. Y yo, que fui joven cuando ser libre era peligroso, no puedo callar cuando la libertad vuelve a estar en juego.

Hoy, más que nunca, debemos defender esa conquista. No desde la nostalgia, sino desde la responsabilidad. Porque la libertad no se hereda: se cultiva. Y la democracia no se mantiene sola: necesita ciudadanos valientes, críticos, generosos.

A los jóvenes les digo: escuchad más, gritad menos. Leed más, juzgad menos. Pensad por vosotros mismos. No os dejéis seducir por quienes prometen utopías sin libertad. No confundáis justicia con uniformidad. No creáis que pensar distinto es traicionar. La verdadera rebeldía está en el pensamiento crítico, en la defensa serena de la pluralidad pero sobre todo, respetad. Porque sin respeto, no hay libertad. Y sin libertad, no hay democracia.

Yo fui universitario en los 70, unos años muy duros a pesar de que muchos jóvenes de hoy piensen lo contrario. Hoy soy simplemente un ciudadano jubilado que sigue creyendo que España merece ser libre. Y que la libertad, como la dignidad, no se negocia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario